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Cuando Toshie Itabashi llegó a Barcelona en 1994, tenía la sincera intención de convertirse en una pintora. Por suerte, se ha convertido en una escultora. Digo por suerte, porque no me puedo imaginar las obras de Toshie plasmadas en metros cuadrados.

Ella necesita el metro cúbico para expresar toda la potencia de su criterio plástico. Si cuando empezó su carrera escultórica tomó el pájaro de Brancusi (Maiastra) como motivo, cabe decir que esto no fue solamente un motivo formal, sino también iniciático.


Con la piedra, Toshie empezaba a volar.

De los pájaros pasó a las “Oberturas” y paralelamente a las “Sirenas”. Formas sensuales y evocadoras, formas primigenias, nunca vistas y dotadas de un poder que sólo la naturaleza, con sus accidentes y soluciones, parece superar.

Últimamente, la obra de Toshie, se ha acercado a la forma humana y, concretamente al torso de
una mujer embarazada o de varias. Así nos enseña ahora lo que siente y lo que vive pues su obra
a parte de seguir siendo iniciática es autobiográfica. Nos expresa a través de la escultura una manera de vivir. Una manera para nada fuera de lo común y al mismo tiempo única.

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